Nuevo

El desencanto de los centennial


Uriel Escobar Barrios
Columnista

María tiene 14 años. Es una estudiante cuyos profesores consideran como alguien muy brillante desde el punto de vista académico; sin embargo, tiene severas dificultades en la interacción con sus compañeros, es retadora con los docentes, se niega a participar en actividades grupales y finalmente fue remitida a consulta de psiquiatría porque intentó suicidarse. Entre sus motivaciones están que no tiene ningún interés en vivir, que no le interesa tener amigos o amigas, que prefiere estar sola, que esta es una sociedad falsa, insolidaria, y además violenta con los animales –por quienes ella profesa un gran amor-. María no es un caso aislado; he tenido la oportunidad de dialogar con muchos adolescentes que tienen una característica en común: un profundo desencanto de los paradigmas predominantes en la civilización humana actual.

A la generación de personas nacidas a partir del año 2000 se les denomina, posmilénica o centúrica (centennial) o Generación Z. Nacieron con las redes sociales y por eso no conciben su vida sin ellas. Esta situación los hace mucho más informados y con un pensamiento más universal: tienen una mayor tendencia a aceptar a los demás; protegen a los animales, al medioambiente y apoyan a las minorías; son más fluidos y menos contenidos en las relaciones sexuales, con menos mitos; y, especialmente, defienden su propia autonomía. No obstante, muchos de ellos también se caracterizan por aspectos considerados negativos: están menos interesados en las relaciones cara a cara y se sienten solos y excluidos, lo que los hace más vulnerables al estrés y a la depresión.

Los centennial son testigos de excepción –por su capacidad para recibir información al instante– de las grandes contradicciones que aquejan al mundo actual: los enfrentamientos, las masacres, el ejercicio desmedido del poder, el egoísmo que se traduce en la marginalidad de grandes franjas de población, especialmente en los países en vías de desarrollo, donde mueren por falta de nutrientes básicos o por no tener las condiciones para una vida digna. La sensibilidad que han desarrollado es uno de los principales factores que los empuja –como es el caso de María– a que no encuentren su espacio en un mundo injusto, inequitativo y excluyente. Este es uno de los principales motivos por los cuales la depresión, la ansiedad y los suicidios son expresiones de un conflicto que aqueja a grandes sectores de población joven. Ellos se niegan a aceptar una civilización que con su actuar está firmando una y otra vez su autodestrucción.