Beatriz González Aranda, una de las figuras más influyentes del arte colombiano contemporáneo, falleció este viernes. Nacida en Bucaramanga el 16 de noviembre de 1932, su obra dejó una huella profunda al convertir la imagen popular, la historia política y la violencia del país en un ejercicio constante de memoria y reflexión.

Formada en la Universidad de los Andes, donde fue alumna de Juan Antonio Roda y Marta Traba, González desarrolló desde temprano un lenguaje propio. Su interés por las imágenes reproducidas, los colores planos y las imperfecciones de la impresión la llevó a cuestionar la idea de originalidad en el arte y a apropiarse de referentes clásicos para reinterpretarlos desde una mirada local. En 1963 realizó su primera exposición individual en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, consolidándose como una de las nuevas voces del arte nacional.

A mediados de los años sesenta, su obra dio un giro decisivo al incorporar fotografías de prensa y escenas de la vida cotidiana. Los suicidas del Sisga, presentada en el Salón Nacional de Artistas de 1965, marcó un punto de inflexión al introducir la tragedia local como tema central de su trabajo. Desde entonces, González se interesó por los episodios políticos, el poder, el dolor colectivo y las víctimas de la violencia, alejándose de los materiales tradicionales y explorando soportes como muebles, láminas metálicas y objetos de uso cotidiano.

Durante las décadas siguientes, su producción se concentró en retratar la historia reciente de Colombia, con especial énfasis en el conflicto armado y sus consecuencias humanas. Obras como Auras Anónimas, intervención realizada en los columbarios del Cementerio Central de Bogotá, se convirtieron en referentes del arte de la memoria en el país y en un llamado a no olvidar a las víctimas anónimas de la violencia.

Paralelamente a su trabajo artístico, Beatriz González tuvo una destacada labor como historiadora, crítica y curadora. Investigó el arte colombiano de los siglos XIX y XX, publicó estudios fundamentales y fue pieza clave en la formación y fortalecimiento de museos e instituciones culturales. Se desempeñó como curadora del Museo Nacional, directora de educación del Museo de Arte Moderno de Bogotá y asesora de las colecciones del Banco de la República, influyendo de manera decisiva en la comprensión y difusión del arte en Colombia.

Reconocida dentro y fuera del país, su obra fue expuesta en importantes escenarios internacionales y recibió múltiples homenajes a lo largo de su trayectoria. Beatriz González deja un legado que trasciende la pintura: una obra crítica, sensible y profundamente ligada a la historia colombiana, que convirtió la imagen en un acto de memoria colectiva.

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