En la ceremonia no se trató de grados, sino de memoria, Colombia los llamó por su nombre, uno por uno, y recordó que el terrorismo no logró que el país los olvidara.
El silencio volvió a ocupar el lugar. No fue abrupto ni incómodo. Fue un silencio que se camina despacio, el que acompaña a quienes saben que hay dolores que no se superan, solo se aprenden a cargar. En la Escuela de Cadetes General Santander, el país volvió a encontrarse con una herida que sigue abierta.
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Las familias llegaron sin afán, con flores entre las manos y fotografías guardadas como un amuleto. Nadie parecía estar allí por obligación. Estaban porque la memoria también convoca, porque nombrar es una forma de resistir.
La ceremonia avanzó sin estridencias. Primero la eucaristía, luego el campo de paradas. Allí, en un acto sobrio y profundamente humano, se realizó el ascenso póstumo de los 22 cadetes que perdieron la vida cuando apenas se estaban formando para servir. No fue un trámite administrativo. Fue un gesto simbólico, una manera de decir que el sacrificio no queda suspendido en el tiempo.
No hubo discursos largos ni aplausos prolongados. Hubo respeto. Palmas breves, contenidas. Miradas que decían más que cualquier palabra. Las familias recibieron los símbolos del ascenso, pero lo que verdaderamente se reconocía era algo más hondo, que sus hijos no quedaron reducidos a una cifra ni a un recuerdo borroso.
